Belén como elección de Dios: vivir la Navidad desde la fragilidad y la encarnación

La mirada de Dios sobre la humanidad, manifestada en la encarnación, es una mirada de benevolencia. No niega el pecado ni el sufrimiento, pero no se detiene en ellos. Ve posibilidad, dignidad, llamada.

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Alexander Patiño Díaz Obl. O.S.B

12/28/20252 min read

Cada Navidad la Iglesia nos vuelve a situar ante un misterio que no se deja domesticar por la costumbre: Dios ha querido habitar nuestra humanidad. No como una idea elevada ni como una fuerza distante, sino como un niño frágil, dependiente, confiado. Desde la espiritualidad benedictina, vivir la Navidad no es añadir un sentimiento piadoso al final del año, sino dejarnos afectar profundamente por esta elección de Dios. El nacimiento de Jesús revela un modo concreto de amar y de salvar, y nos invita a revisar desde ahí nuestra manera de mirar la vida, a los demás y a nosotros mismos.

El himno de Efesios proclama que Dios nos bendijo “antes de la creación del mundo” y que, en la plenitud de los tiempos, quiso recapitularlo todo en Cristo (Ef 1,3-10). Este designio no se realiza desde la distancia, sino desde la encarnación. La voluntad de Dios no fue rescatar a la humanidad desde fuera, sino entrar en su historia, asumirla, cargarla desde dentro. En Belén se manifiesta un Dios que no huye de la carne, de la precariedad ni de los límites, sino que los hace lugar de revelación. Reconocer la humanidad de Jesús es reconocer que Dios se nos da en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que no brilla.

San Benito, con su insistencia en lo concreto de la vida diaria, nos ayuda a comprender este misterio. La vida monástica, y también la oblación, no buscan una espiritualidad evasiva, sino una atención amorosa a lo real. Vivir la Navidad desde esta clave implica aceptar que Dios se hace presente en nuestras propias fragilidades, en nuestras noches, en nuestras pobrezas. El Niño de Belén no domina la escena, no controla, no impone. Se abandona totalmente en las manos del Padre y en la acogida (o rechazo) de los hombres. Esa vulnerabilidad es el lenguaje elegido por Dios.

Como oblatos benedictinos y como bautizados, este misterio nos confronta. Nos recuerda que la espiritualidad no consiste en ser fuertes, coherentes o exitosos, sino en aprender a confiar. Charles de Foucauld lo expresó con una radicalidad desarmante cuando escribió: “Jesús tomó el último lugar, y nadie pudo jamás arrebatárselo”. La Navidad nos revela que ese último lugar es el lugar elegido por Dios. No es una estrategia, es una forma de amar. Vivir espiritualmente es atrevernos a permanecer ahí, sin máscaras, sostenidos por el Padre.

La mirada de Dios sobre la humanidad, manifestada en la encarnación, es una mirada de benevolencia. No niega el pecado ni el sufrimiento, pero no se detiene en ellos. Ve posibilidad, dignidad, llamada. Efesios habla de un Dios que actúa “según el beneplácito de su voluntad”, una voluntad que es amor gratuito. La Navidad nos invita a dejarnos educar por esa mirada y a asumirla como criterio de vida: mirar a los otros no desde el juicio, sino desde la compasión; no desde la utilidad, sino desde el valor irreductible de cada persona.

Por eso, vivir la Navidad exige una opción concreta. No basta contemplar al Niño si no reconocemos su rostro en los vulnerados, los excluidos, los empobrecidos, los sin voz. El Dios que nace en un pesebre se identifica con quienes no cuentan, con quienes no tienen lugar. La espiritualidad benedictina, encarnada y realista, nos llama a custodiar esta verdad en gestos cotidianos de justicia, hospitalidad y cuidado. Celebrar la Navidad es elegir vivir con el mismo modo de ver, de amar y de proceder de Dios hecho carne. Solo así el misterio se vuelve vida.

Alexander Patiño Díaz Obl. O.S.B