Carta abierta al periódico el Colombiano
Desde la espiritualidad benedictina, el titular cae en el error de juzgar la tragedia desde la desesperanza y la desesperación al llamar la atención de un público cada vez más despistado, desorientado y vacío de espiritualidad; este titular representa lo bajo que ha caído la prensa contemporánea buscando sostener una profesión que dejó de ser, hace tiempo, imparcial y analítica, para convertirse en un negocio parcializado y desinformante.
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Gabriel Herrera
8/18/20264 min read


Afirmar que Dios se olvida de una ciudad o de personas que sufren una tragedia contradice la revelación bíblica, donde Dios se define como un refugio y fortaleza en el dolor, como se expresa en los Salmos. Para el catolicismo, la primicia fundamental es que Dios es amor y su providencia abarca a toda la creación.
El sufrimiento humano y las catástrofes naturales, como un terremoto, plantean el complejo interrogante del mal y el dolor en el mundo, pero la teología católica enseña que Dios no causa el sufrimiento ni retira su amor en los momentos de desgracia, sino que sufre con el hombre.
Irónicamente, la propia portada muestra la estructura dañada de una iglesia con la imponente figura de Jesucristo con los brazos dispuestos. Desde una lectura de fe, la imagen contrarresta el titular: Cristo permanece allí, abrazando simbólicamente las ruinas y a los sobrevivientes. Su mirada no es de olvido, sino de solidaridad extrema con el dolor del pueblo.
En la cruz, Dios mismo experimentó el abandono, el dolor y la muerte humana a través de su Hijo Jesucristo. Por lo tanto, un cristiano ve en las catástrofes no una ausencia de Dios, sino un llamado a reconocer el rostro sufriente de Cristo en los damnificados.
Ante tragedias de esta magnitud, la doctrina católica enfatiza que la presencia de Dios se manifiesta a través de la caridad y la acción solidaria del prójimo: rescatistas, voluntarios, la iglesia local y la sociedad ayudando a los afectados; ahí está la presencia viva y activa de Dios en el dolor, ahí es donde el ser humano encarna ese dolor del Creador ante una tragedia tan dolorosa y se hace presente para consolar, ayudar y reparar los daños. Cuando el ser humano socorre al hermano necesitado, es Dios actuando a través de manos humanas.
Calificar un desastre natural como un “olvido de Dios” es caer en una visión desalentadora y puramente secular del dolor. Para nosotros, como católicos, el titular es desafortunado porque reduce la tragedia a un supuesto abandono celestial, ignorando que, precisamente en el sufrimiento, la fe enseña que Dios está más cerca que nunca, sufriendo con su pueblo e invitando a la solidaridad y a la esperanza.
Perspectiva benedictina
Un titular como “El día en que Dios se olvidó de Pereira” resulta profundamente ajeno a la visión de fe que propone el monaquismo. Mientras que el titular busca el impacto dramático sugiriendo la ausencia o el abandono divino ante el sufrimiento, la espiritualidad benedictina enseña a mirar la realidad desde la fe encarnada, la estabilidad y la búsqueda constante de Dios en medio de lo cotidiano y lo inescrutable.
La Regla de San Benito nos recuerda en su capítulo sobre la humildad que Dios está presente en todo lugar y que los ojos del Señor contemplan a los buenos y a los malos en todo momento. Para un benedictino, Dios nunca se olvida de su creación. Su presencia no se desvanece por una catástrofe; al contrario, el misterio del dolor humano se experimenta bajo la mirada de un Dios que acompaña. Atribuir olvido a Dios es caer en una visión superficial que desconoce que el Creador permanece fiel incluso cuando el mundo se tambalea.
La vida monástica está anclada en el silencio y en la aceptación de aquello que supera la comprensión humana. Las tragedias naturales son radicalmente inexplicables desde la lógica humana. Un titular que juzga a Dios basándose en una catástrofe carece de la sabiduría del silencio contemplativo y cae en el mercantilismo, el facilísimo y el show que exigen los mass media modernos. La espiritualidad benedictina invita a no apresurarse a juzgar los designios de Dios con lógicas humanas impacientes, sino a guardar silencio en el corazón (Lectio Divina) y mantener la esperanza firme, conversatio morum.
El voto de estabilidad propio de los benedictinos significa permanecer fiel al lugar y a la comunidad, incluso en tiempos de prueba y sequía espiritual. Si el titular de la prensa sugiere un abandono, la Regla responde con la actitud contraria: permanecer firmes. En medio de las ruinas, como las que muestra la imagen de la iglesia afectada, la respuesta benedictina no es huir de la realidad ni culpar a un Dios supuestamente ausente, sino acoger el sufrimiento del prójimo. San Benito enseña en su Regla que a los pobres y huéspedes se les debe recibir como a Cristo mismo. Una tragedia es, desde esta óptica, el llamado urgente a ver a Cristo sufriendo entre los escombros y a responder con la hospitalidad, solidaridad y el consuelo comunitario.
Desde la espiritualidad benedictina, el titular cae en el error de juzgar la tragedia desde la desesperanza y la desesperación al llamar la atención de un público cada vez más despistado, desorientado y vacío de espiritualidad; este titular representa lo bajo que ha caído la prensa contemporánea buscando sostener una profesión que dejó de ser, hace tiempo, imparcial y analítica, para convertirse en un negocio parcializado y desinformante. La Regla de San Benito enseña que, en medio de lo inexplicable y del dolor más profundo, Dios no está ausente; nos llama al silencio respetuoso, a la estabilidad en la fe y a convertirnos en manos y brazos providentes para sostener a quienes lo han perdido todo.
