Educación Benedictina
¿Cuál es nuestra espiritualidad? Es esta una pregunta que más de una vez se ha formulado respecto a los benedictinos. Y es que la familia benedictina no tiene ninguna espiritualidad propia y peculiar. Las escuelas de espiritualidad son demasiado modernas y los benedictinos viven todavía de la savia tradicional de la Iglesia.
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Rvdo. Padre Dom PEDRO FARRE
12/19/20253 min read


Nuestra espiritualidad es la misma de la Iglesia; por eso es tan simple. Se basa en la Liturgia de la Iglesia, y consiguientemente en el asiduo estudio, lectura y conocimiento de la Sagrada Escritura y en un profundo conocimiento de la Doctrina Católica, tal como la han expuesto los Santos Padres y Doctores eclesiásticos.
S. S. Pío XI, en una audiencia concedida al Abad Dom B. Capelle, O. S. B., se expresaba así sobre la espiritualidad litúrgica que seguían y promovían las abadías benedictinas: "La Liturgia es el órgano más importante del magisterio de la Iglesia. La Liturgia no es la didascalia de esa o aquella escuela de espiritualidad, sino la misma didascalia de la Iglesia. Continuad, pues, vuestra magnífica obra: Optimam elegistis partem. Habéis escogido la mejor parte". - (Le vrai visage de la Liturgie, p. 270).
Tal es la espiritualidad que nos legó San Benito: vivir, asimilar la vida íntima de la Iglesia, cuya expresión más genuina es la Liturgia sacramental. Nos sabemos hijos de Dios y sentimos urgencia de dirigirnos a Dios, nuestro Padre, de alabarle y adorarle con Jesucristo, en Jesucristo y por Jesucristo. Y para ello seguimos "el método auténticamente instituido por la Iglesia para asimilar las almas a Jesucristo: la Liturgia".
Merced a ella, en efecto, se perpetúa real y místicamente la presencia, el sacrificio, la acción, la plegaria y la palabra de Jesús entre los hombres a fin de que estos, al contacto con los Misterios de Cristo, vivan de ellos. - (Pío XII, Med. Dei. p. 580).
Jesucristo, por consiguiente, es el centro de nuestra espiritualidad, y Dios su fin. Pero Jesucristo en sus Misterios, tal como nos lo presenta sacramentalmente la Iglesia: Jesucristo, el Verbo de Dios, en el Seno del Padre; Jesucristo en el Seno de María, su Madre; Jesucristo en la cuna; Jesucristo en su Epifanía o manifestación como Dios encarnado; Jesucristo en su vida privada, en el desierto, en el Jordán, en su vida pública, en el Cenáculo, en el Huerto, en la cruz, glorioso en su Resurrección y sentado finalmente a la diestra del Padre, aguardando el momento de aparecer de nuevo en toda su gloria y majestad al fin de los siglos.
Ese es el Cristo que nos forma y atrae. A Él consagramos nuestra vida, por Él luchamos, por Él vivimos, por Él morimos. Esta es nuestra devoción. Con ella nos basta. No sentimos necesidad de recurrir a otras devociones —de tipo más bien sensible—; nos llena completamente nuestra devoción: nuestra entrega total a Jesucristo, a María, a la iglesia, a Dios.
Fácilmente puede comprenderse cuál deba ser la característica de nuestra enseñanza religiosa, habida cuenta de esta espiritualidad. Lo que pretendemos en primera línea es dar un sólido conocimiento del auténtico Cristo del Evangelio. Plantar en el corazón del alumno convicciones firmes e inconmovibles que satisfagan sus inquietudes intelectuales presentes y futuras. El mundo con el cual tendrán que enfrentarse nuestros alumnos y ante el cual están destinados por el Bautismo y Confirmación a dar testimonio de Jesucristo, es un mundo infiltrado de ideas anticristianas, un mundo donde impera el materialismo y la crítica racionalista. Deber nuestro es dar a nuestros alumnos una educación religiosa que, excluyendo toda sensiblería, les haga capaces de hacer frente humana y sobrenaturalmente a estos enemigos externos y a los internos.
En suma: nuestra espiritualidad es la tradicional de la Iglesia, esto es, la Liturgia. La Liturgia es Cristo en sus misterios. - (Pío XII, Med. Dei p. 578).
Hacer nuestros estos misterios, configurándonos con Jesucristo; esa es nuestra "devotio", nuestra devoción. Esta devoción, es decir, este entregarse totalmente al Padre, lo expresó el Señor maravillosamente, compendiando así el ciclo de sus misterios: "Salí del Padre y vine al mundo, dejo el mundo y voy al Padre". —Exivi a Patre et veni in mundum, relinquo mundum et vado ad Patrem. (Joan. 16, 28).
Rvdo. Padre Dom PEDRO FARRE
Licenciado y Doctor en Teología por las Universidades Pontificias de Friburgo (Suiza) y de Washington (U.S.A.), respectivamente. - Especialización en Pedagogía en la Universidad de Seton Hall (U.S.A.). Diplomado en Humanidades Clásicas por la Pontificia Universidad de Salamanca (España).
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