El misterio de la Gracia y el abismo de la libertad

La derrota del demonio hubiera sido aún más grande si Judas se hubiera arrepentido y buscado el perdón a pesar del sacrificio del maestro, pues hubiera dejado un legado de conversión difícil de superar a través de la historia.

BLOG

Gabriel Herrera

1/16/20268 min read

¿Judas pudo tener redención? ¿Por qué Pedro sí se arrepintió de su negación y se salvó? Este es un paralelo histórico de nuestra fe que genera más interrogantes que respuestas, más aún si no se consultan los análisis de los ilustres pensadores y doctores de nuestra iglesia. Es una pregunta polémica que despierta ciertos resquemores y evasivas. Pocas figuras han suscitado tanta controversia, angustia y reflexión académica como Judas Iscariote. Para los oblatos benedictinos, cuya espiritualidad se fundamenta en la escucha atenta y la búsqueda incesante de la paz a través del orden y la obediencia, el caso de Judas nos presenta una pregunta existencial y teológica fundamental: ¿es posible que un hombre, habiendo caminado con la verdad misma, pudiera perderse?  ¿O fue Judas un instrumento involuntario de un diseño predeterminado?

Uno de los mayores desafíos para el hombre es encontrar un balance entre la soberanía absoluta de Dios y nuestra libertad. La doctrina católica, fundamentada en las reflexiones de San Agustín y complementada por Santo Tomás de Aquino, sostiene que “el conocimiento previo de Dios sobre los actos humanos no impone una necesidad sobre ellos”. Dios, al estar fuera del tiempo en un presente eterno, observa todas las decisiones humanas simultáneamente, pero su observación no es coacción. En el caso de Judas, ¿Jesús sabía que sería traicionado, pero no obligó a Judas a realizar tal acto?

Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae, nos explica que “Dios conoce los futuros contingentes de la misma manera que el ojo humano ve las cosas que suceden ante él. Que un observador vea a alguien caminar no obliga a esa persona a caminar; de igual modo, la presciencia divina no anula el libre albedrío”. Judas no nació predestinado al mal en un sentido de doble predestinación, una idea rechazada por el Magisterio católico. Por el contrario, la Iglesia enseña que “Dios desea que todos los hombres se salven y que nadie es predestinado al infierno sin una aversión voluntaria a Dios que persista hasta el final”.

Algo que siempre me he preguntado es si el plan de salvación dependía necesariamente de la traición de Judas. Las Escrituras mencionan que el Hijo del Hombre debía ser entregado para cumplir las profecías, pero la teología católica distingue entre la voluntad positiva de Dios y su voluntad permisiva. Dios permitió la ceguera y la malicia de Judas para llevar a cabo la redención, transformando un acto de odio en un espacio de amor salvífico a través de la entrega total de Cristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 600, nos aclara que “para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad”. Por lo tanto, “cuando establece su designio de predestinación, incluye en él la respuesta libre de cada persona a su gracia”. Judas no fue un títere, sino un apóstol que, en el ejercicio de su libertad, permitió que su corazón se endureciera progresivamente.

Continuando con estas inquietudes, me surge una adicional: ¿La caída de Judas fue un evento súbito o fue el resultado de un proceso de deterioro interior? El Papa Benedicto XVI, en sus catequesis sobre los apóstoles, analiza la psicología de Judas como una advertencia para todos los creyentes. “Judas, a pesar de ser uno de los Doce, comenzó a cultivar una visión individualista y autónoma de su relación con Jesús”. El Evangelio de Juan lo describe como ladrón, señalando que ya antes de la traición su corazón estaba dividido entre el servicio al Maestro y la avaricia personal. Por otro lado, Pedro en Marcos 8:33 es llamado Satanás por el Maestro al anteponer su parecer e intentar imponer su pensamiento humano sobre el designio divino. ¿Era entonces Pedro más presto y proclive a buscar la gracia y el perdón que Judas?

Esta es una advertencia vital para nosotros; así como un trozo de pan parece una meta inalcanzable para un insecto, la persistencia de morderlo poco a poco termina por descomponerlo. De la misma forma, el pecado constante, por pequeño que parezca, corroe la gracia y destruye lo que en esencia es bueno. Ahí radica el verdadero peligro, en la normalización del pecado y la aversión que crea al sacramento de la reconciliación, verdadera fuente de salvación.

A lo largo de la historia, se han planteado diversas teorías sobre por qué Judas entregó a Jesús. Algunas sugieren su avaricia por el dinero, mientras que otras prefieren una explicación de carácter mesiánico. Judas pudo haberse decepcionado al ver que Jesús no buscaba una liberación político-militar contra Roma, intentando quizás forzar una confrontación presionando a Jesús para que tuviera que manifestar su poder divino. Sin embargo, el Magisterio insiste en que, independientemente de la motivación política, Judas cedió a la tentación del maligno, permitiendo que Satanás entrara en él tras el bocado de la Última Cena.

Pero si Pedro negó al Maestro tres veces, ¿por qué este sí reaccionó y buscó recuperar la gracia perdida no cediendo al miedo?

Ese contraste entre los dos apóstoles es fundamental para la espiritualidad de los oblatos benedictinos, quienes buscamos constantemente la conversión del corazón. Ambos apóstoles traicionaron al maestro en la misma noche. Pedro lo hizo por debilidad y miedo, negando conocer al hombre por quien había jurado morir. Judas lo hizo por cálculo, malicia y deseos de venganza hacia los invasores romanos. Sin embargo, sus destinos divergieron no por la gravedad inicial del pecado, sino por su reacción ante la culpa.

La diferencia inmensa entre ambos radica en la esperanza en la misericordia. Pedro, tras la negación, experimentó un dolor profundo al encontrarse con la mirada de Jesús. Esa mirada no era de juicio, sino de invitación al arrepentimiento. Pedro lloró amargamente, y ese llanto fue el inicio de su restauración. Judas, en cambio, al ver que Jesús era condenado, sintió un remordimiento insoportable. Devolvió las monedas y confesó su pecado, pero su arrepentimiento se cerró en sí mismo. En lugar de buscar el rostro del perdón, cayó en la desesperación, que es el pecado más grave contra el Espíritu Santo.

En ese orden de ideas, nos encontramos con dos términos que ilustran mucho más a estos dos polos; dos términos griegos para distinguir estos estados del alma. La metanoia: Un cambio total de la mente y el corazón, una reorientación hacia Dios. Es el arrepentimiento que transforma la caída en una oportunidad de santidad, como ocurrió con Pedro. Y, por otro lado, la metamelomai: un sentimiento de lamento o pesar, un remordimiento que puede quedarse en el nivel psicológico sin abrirse a la gracia. Es la palabra que describe el arrepentimiento de Judas en el Evangelio de Mateo.

Para nosotros, como católicos, el peligro no es caer, sino no creer en la posibilidad de levantarnos, ignorar la gracia divina del perdón abriendo espacio para el susurro del maligno. La Regla de San Benito nos invita en el Capítulo 4 a "no desesperar nunca de la misericordia de Dios". Judas, trágicamente, desesperó.

Sin conocer el trasfondo, las palabras de Jesús sobre Judas nos sonarían severas: lo llama "hijo de la perdición" (Jn 17,12) y afirma que "más le valdría no haber nacido" (Mt 26,24). Sin embargo, teólogos como el Papa San Juan Pablo II han sugerido que estas advertencias no deben leerse necesariamente como una sentencia irrevocable de condenación, sino como una llamada directa a la conversión, haciendo énfasis en la magnitud del horror de la traición. San Agustín y Santo Tomás de Aquino, aunque tendían a considerar a Judas como el ejemplo del réprobo, también sostenían que el juicio final solo compete a Dios.

Para profundizar en el caso de Judas, es esencial comprender qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo, que Jesús declara imperdonable (Mc 3,29). Santo Tomás de Aquino nos explica que este pecado consiste en rechazar directamente los medios por los cuales se recibe el perdón, es decir, auto condenarnos y dudar de la infinita misericordia Divina. La desesperación es uno de estos pecados porque asume que la malicia humana es más poderosa que la bondad divina.

Judas no se perdió porque Jesús no quisiera perdonarlo, sino porque él no se creyó perdonable. San Juan Crisóstomo afirma que “el médico (Cristo) estaba dispuesto a sanar, pero el enfermo (Judas) huyó del tratamiento”. La tragedia de Judas es la tragedia de una libertad que se encierra en su propio juicio, rechazando la mirada compasiva que rehabilitó a Pedro.

La derrota del demonio hubiera sido aún más grande si Judas se hubiera arrepentido y buscado el perdón a pesar del sacrificio del maestro, pues hubiera dejado un legado de conversión difícil de superar a través de la historia.

San Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre el Evangelio de Mateo y la Cena del Señor, subraya la inmensa paciencia de Cristo hacia Judas. Jesús ofreció su propia sangre incluso a quien la estaba derramando. Para Crisóstomo, Judas es el prototipo de aquel que recibe los misterios sagrados (la Eucaristía) de manera indigna, permitiendo que la medicina de la inmortalidad se convierta en veneno por la falta de paz y caridad en el corazón. Este enfoque es fundamental para el oblato benedictino, cuya vida litúrgica debe estar impregnada de una preparación interior constante.

En el siglo XX, el teólogo Hans Urs von Balthasar propuso una tesis interesante en su obra: ¿Es lícito esperar que todos se salven? Basándose en que Dios quiere que todos los hombres se salven, Balthasar afirma que “el cristiano tiene el deber de orar y esperar la salvación de cada individuo, incluido Judas”. Según esta visión, Jesús, en su descenso a los infiernos, experimentó la soledad más absoluta de los que han rechazado a Dios, pudiendo así rescatar incluso a aquellos en estado de desesperación.

Balthasar insiste en que “no se trata de una certeza, sino de una esperanza radicada en el amor infinito de Dios”. Para el oblato benedictino, esta tensión entre la advertencia del juicio y la infinitud de la esperanza es el motor de la oración intercesora.

Para la comunidad de oblatos benedictinos, el paralelo entre Judas y Pedro desemboca en la práctica cotidiana de la humildad y la confianza. San Benito diseñó su Regla como una escuela del servicio del Señor, donde el error humano es contemplado con realismo, pero nunca con fatalismo.

Al final del capítulo 4, Benito coloca la piedra angular: "Et de Dei misericordia nunquam desperare". Desesperar de la misericordia es el pecado que destruyó a Judas. Por el contrario, Pedro, al buscar el perdón, lideró el modelo de la conversión. El oblato, al igual que el monje, es aquel que cae siete veces y siete veces se levanta, confiando en que el amor de Dios es mayor que su propia conciencia.

La Regla también trata la corrección y el cuidado de los que se apartan. Santo Tomás analiza si se debe desistir de corregir a alguien por temor a que empeore, citando que cuando se sospecha que el pecador caerá en cosas peores, como la desesperación, es preferible la oración silenciosa y la paciencia. Jesús actuó así con Judas: le dio advertencias sutiles: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”, para darle la oportunidad de retroceder sin humillarlo públicamente, respetando su libertad hasta el final.

Este análisis de Judas Iscariote frente a Simón Pedro nos permite interiorizar que el destino del ser humano nunca está predeterminado hacia la tragedia. Judas no nació escogido para la condena, sino que fue llamado a la gloria del apostolado y tuvo una oportunidad de oro. Su participación en el plan de Dios como traidor fue el resultado de una libertad que se dejó seducir por la avaricia y se cerró ante la misericordia.

Para el oblato benedictino, el mensaje nos debe resonar como una llamada a la vigilancia y a la esperanza. Judas es el espejo del peligro de la autonomía sin amor; Pedro es el icono de la fragilidad redimida por la gracia. La historia de Judas no es un relato sobre la fatalidad divina, sino sobre el abismo de la libertad humana y la profundidad de una misericordia que, incluso ante el beso de la traición, sigue llamando al pecador con el nombre de Amigo (Mt 26,50). La redención estuvo a un paso de Judas, tan cerca como lo estuvo de Pedro; la diferencia fue el valor de reconocerse necesitado de un Salvador.